Nos ha tocado vivir una época, en que el avance del conocimiento humano pasó, de una marcha más o menos pausada, paulatina, a valga la expresión, el brusco salto de una progresión geométrica. Es la época en que irrumpen, como un alud, la energía atómica, la electrónica, la tecnología que posibilita los viajes espaciales, los medios masivos de comunicación, etc.
Sin embargo, paradojal y lamentablemente, aunque también, lógicamente, el progreso cierto que significan esos formidables conocimientos desde luego que nos referimos a los que particularmente se refieren a la medicina, no son paralelos o correlativos a su puesta en práctica en lo que es su objeto esencial, el bienestar físico y psíquico del hombre.
Resulta inconcebible que haya técnicas y descubrimientos que puedan eliminar el dolor, combatir la enfermedad, promover la salud, y que, sin embargo, por muy distintas causas, son retenidos , ocultados, camuflados, o no difundidos con la rapidez y eficacia que correspondería.
Muchas veces el equivocado uso de los grandes medios de difusión hace que lo más trivial, sea la noticia que ocupe el lugar que merecería, en una sana escala de valores, la información, por ejemplo; de un descubrimiento que podrá aliviar el sufrimiento o salvar vidas, o, simplemente, establecer una pista o abrir una senda para que el trabajo de espíritus inquietos logren esas metas.



